El post que nadie tiene que saber que leyeron.

 

Uno de los grandes problemas del microblogging es que en 140 caracteres resulta muy evidente cuando cometemos un error ortográfico.
Además de que el mal uso de las palabras (y hasta errores en su acentuación) cambia todo el sentido de la oración, una barbaridad ortográfica puede hacerle perder toda la fuerza a una frase que, correctamente escrita, quién sabe si hasta sería brillante.
No se asusten: no voy a convertir esto en una clase de Castellano. Sólamente haré una pequeña lista de lo que considero son los términos que se prestan a confusiones más comunes.
Ay, hay y ahí

 

¡Ay! Interjección. Se usa en frases como “ay, papá, tú como que tuiteas borracho”

 

Hay del verbo haber: “hay hombres que no entienden cuándo deben quedarse callados”

 

Ahí indica lugar, ubicación: “ahí mismo queda la casa”

 

A, ha y ah

A es preposición. Se usa en frases como “a veces es mejor quedarse callado”

Ha, también del verbo “Haber”. Se utiliza en casos como “él se ha presentado varias veces como su novio”.

Ah, interjección. “ah, tienes razón”
He, e
He, del verbo “haber”. Ejemplo: “te he llamado tres veces”
E, se usa en lugar de “y” cuando la palabra que viene también comienza por “i”: “Somos Carlos e Irene”
A ver, haber.
A ver, son dos palabras. Su uso parece obvio, ¿no? “Vamos a ver si entendieron”
Haber, verbo en infinitivo: “va a haber fiesta esta noche”
Echo, hecho
Echo es del verbo “echar”, arrojar, tirar: “El perro echó a correr cuando vio la carne”
Hecho: del verbo “hacer”: “del dicho al hecho hay mucho trecho”, “hecho en Venezuela”
APRÉNDANSE ESTO: Hechar no existe.
Hacer, a ser
Hacer, verbo en infinitivo que significa elaborar, confeccionar. “Vamos a hacer una colecta para el ancianato”
A ser, son dos palabras, Es otra forma de decir “será”: “Vicente va a ser abogado cuando crezca”.
Espero que mi micro lección de castellano les sea útil alguna vez. Y, tranquilos, siempre pueden decir “yo siempre me supe esas reglas”. Pero, si después de leer esto, siguen escribiendo burradas, con mi conciencia tranquila diré “yo no tengo la culpa”.

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Las plañideras 2.0.

Recuerdo que en primaria me hicieron leer una historia sobre “Las Plañideras“: señoras que, sin tener la menor idea de quién era el muerto, eran contratadas a ver quién lloraba más duro durante el velorio. Pertenecían a una cofradía, según recuerdo. Creo que debe haber pocos oficios más patéticos que ése, pensé.

Esta semana presencié la modernización y, peor aún, digitalización, de ese cuento: después de una prolongada huelga de hambre falleció el Sr. Franklin Brito. Si tenía o no razones para hacerla no viene el caso. Estar o no de acuerdo con él, tampoco. Respeto la vida, pero respeto sus razones también, y, al fin y al cabo, era su vida.

Hubo personas que, por cariño y solidaridad con él, se convirtieron en (por lo menos ante mis ojos) su “familia extendida”. Vivieron y compartieron con nosotros su historia y agonías. Nunca dejaron, aunque “pasara de moda” de estar pendientes de él y hasta de tratar de atraer nuestra atención. Pero fueron bien pocas. Ustedes sabes quiénes son.

Aunque quise dejar a un lado el fondo político, reconozco que considero mi aliado a todo el que esté contra el chavismo y no politizar algo donde la exigencia era “sólo Chávez puede resolver mi problema” es imposible.

Pero, de politizar la muerte de un huelguista de hambre a insultar a los que decidieron no rasgarse las vestiduras por ello hay un gran trecho. De repente, todos se erigieron en jueces de un luto donde sólo el negro cerrado estaba permitido. Especie de viudas de un marido al que en vida nunca le prestaron demasiada atención.

¿Quién carrizo me creo yo para venir a decretar duelo nacional (con música clásica en la radio incluida)? ¿Critico anónimamente los que, usando sus nombres, apellidos y fotografías, asumen que asistirán a un evento social. Los insulto, minimizando cualquier esfuerzo anterior a favor de la causa del Sr. Brito, mientras yo anuncio que… no sé, voy al gimnasio, al cine o a ver televisión?

Claro, una oposición bien organizada hubiera utilizado la causa (y la muerte) del Sr. Brito como bandera. Y no me refiero a los “politiqueros de oficio”, como dice Magdita ¿O es que no se han dado cuenta de que todos los que no estamos con Chávez estamos contra él? ergo, somos oposición.

Qué fuerte hubiera sido ver la rabia e impotencia producida por otra injusticia más transformada en algo más efectivo que insulticos de internet. Y, ¿saben qué? Todavía creo que eso puede pasar.

Me fastidié de los que, desde el teclado, critican a los “guerreros de teclado”. De los que usan el “social media” para dárselas de antisociales.
Mi admiración al valiente Sr. Brito, que luchó hasta las últimas cosecuencias por lo que él creía correcto. A ver cuántos podemos presumir de haber hecho lo mismo.
Mis respetos a los que apoyaron las causas del Sr. Franklin (no sólo la de sus tierras, sino la de su Derecho a Huelga), a los que trataron de disuadirlo por el bien de su familia y a los que se dedicaron a que la prensa internacional conociera su historia.

El resto, para mí, son las plañideras 2.0.

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Adjetivos que no califican.

Siempre pensé que los adjetivos se habían creado para facilitarnos la vida. Con un sujeto y un adjetivo tu mamá entendía con quién andabas: fui con”Carolina la catira”. Si te preguntaban cuál era tu maestro de Economía, con “uno bajito” bastaba. En una sociedad con 50 María Gabrielas, 50 Adrianas y 200 Danielas todos habríamos parado en locos sin distinguirlas como “La Gorda”, “La Negra” o “La Flaca”.
Hasta que me mudé a los Estados Unidos y, de repente los, hasta entonces inocentes, adjetivos se tranformaron en insultos. En consecuencia, tratar de describir a alguien sin usar los obvios es como aquel reto de mi infancia, donde tenías que contar un cuento sin decir “entonces”.
¿Cómo se supone que describa a una muchacha que pesa 200 kilos? Me aconsejan que use “heavy built”: ¿será que eso la hace pesar menos? Tampoco es correcto describir a alguien como “un flaco”, mejor decir “athletic built”. No hay que ser especialista en semántica para notar que “athletic” suena más lindo que “heavy”.
Ni hablar de las descripciones geográficas o raciales: en Venezuela eres (además de venezolana) portu, gallega, turca, china, negra, etc.
Durante una de nuestras reuniones multiculturales, una amiga colombiana y yo reíamos al tratar de explicarles porqué era imposible para nosotras describir a una mujer con un “par de enormes atributos” obviando eso.
Ahora, resulta que aquí les da vergüenza preguntar de qué país eres cuando obviamente el inglés no es tu idioma natal. ¿Será que creen que alguien puede sentirse ofendido porque se den cuenta de que no es norteamericano? Puede ser que su concepto del respeto vaya más allá del nuestro, y que la palabra “teasing” sea mucho más seria que “chalequeo”.
Entiendo que su historia de conquistas de derechos civiles ocupa un lugar importante en su ADN y que miles de norteamericanos han luchado para que las diferencias no sean un obstáculo en su “pursuit of happiness”
Nunca me he sentido ni “discriminada” ni mal vista por mi fuerte acento hispano. A diferencia de las “leyendas urbanas venezolanas”que destacan la frialdad de las naturales de estas tierras, mis nuevas amigas han resultado tan panas y solidarias como podrían ser las latinas de pura cepa. Les interesa aprender español y conocer un poco más de nuestro país. Mi adaptación a la cultura, si no norteamericana, por lo menos berkeliana ha sido mucho menos traumática que la de chistes como el del maracucho en Washington.
Sin embargo, acostumbrarme a que lo que era mi normal manera de describir a la gente sea considerado políticamente incorrecto me costará un poco más.
Menos mal que siempre puedo decir “No habla inglés”

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Entonces, ¿qué somos?

Primero, Pdvsa fuimos todos. Luego, RCTV fuimos todos. Poco tiempo después, la Radio fuimos todos. Más recientemente, Éxito fuimos todos y ahora, parece ser, que Polar somos todos.
En resumen, creo que no somos nada.

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Confesiones de una "social media inexpert" Capítulo 1.

Capítulo 1.
Misterios de Twitter.
Quiero empezar por declararme “social media inexpert”. Mientran algunos hacen gala de su amplio conocimiento y veteranía en el uso de herramientas como, en este caso, Twitter, yo confieso (así, sin hashtag ni nada), que hay muchas cosas que todavía no entiendo de ésta:
-Los usuarios que se auto retuitean. Si un tweet te quedó precioso, espectacular y quieres asegurarte de que no quede nadie sin leerlo, ¿por qué no lo vuelves a tuitear en lugar de autoretuitearte?.

-Los rts de los halagos, piropos y afines. ¿No se lee como si gritaras “oigan todos: @zutanito me dijo que yo soy muy linda y muy inteligente, ¿oyeron?”.

-Los follows caza followers: te siguen, cuando no les devuelves el follow, te lo quitan y en dos semanas te vuelven a seguir a ver qué haces. ¿Cómo para qué?

-Los randomrtadores: personas que evidentemente no hablan español que rtan cosas que obviamente no entendieron, como una felicitación (generalmente muy personal) de cumpleaños.

-Los tuits espejo: la misma noticia, desde el mismo site, tuiteada por casi todas las personas a las que sigo. ¿Será que yo soy la única que leo a los demás?

-Los FollowFriday de buena voluntad: hechos por personas que no siguen a quienes recomiendan.

Hasta ahora, puedo explicarles “Lost” más fácilmente que esto. Quizás por eso es que sigo siendo una pobre social media inexpert.

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1×1: o no es lo tanto sino lo seguido.

 

 

El 1×1 y la Autopista del Sur.

 

Cuando me llevaban al colegio, en el carro sólo sonaban dos categorías de música: la gringa, en emisoras como Éxitos1090 o Radiodifusora Venezuela Dial 790, y la latina, casi siempre proveniente de cassettes, donde oíamos desde La Billos hasta mi favorita: “Dueño de Nada”, de José Luis Rodríguez.

 

Un día, en el carro de una amiga, descubrí “Plantación Adentro“, de Rubén Blades. En esa época (finales de los 70), la salsa brava no era muy escuchada en “los carros del colegio”. Lo más “orillero” era el atorrante merengue dominicano, que a efectos de entender lo que decía, podía caer en la categoría de música en otro idioma: wakaguacalala aé.

 

Los carros con los que hacíamos transporte pasaron a ser, para mí, representantes de la música que reproducían: Fiat Brava vinotinto y salsa. Cougar color ladrillo con Billos. Toyota Samurai Gris de Funkytown. Una adaptación sonora del Cortázar que vine a entender años después.

 

Matrimonios obligados, citas a ciegas y casualidades.

 

Gracias a María Elena, dijey del carro que me presentó a Camilo Manrique, comenzó mi romance con la salsa. Fue difícil: a mi mamá no le gustaba “esa música”, pero al final el amor triunfó y todavía soy tan feliz con ella como el primer día.

 

Por otro lado, mi papá, isleño rajado, quería obligarme a que me gustara la “isa Canaria“, y me serenateaba con timples, laúdes y vírgenesdecandelaria. Pero no hubo caso: nunca existió química entre esas estudiantinas y yo. Buen padre de hija terca: desistió y se conformó con hacerme fan de la Bártoli.

 

Eso me demostró que los gustos y las afinidades no pueden imponerse. Aunque ame a mi papá me enerva el chillido del timple y mi mamá, aunque me llame todos los días para saber si estoy viva, sigue sin soportar la salsa. Eso no significa que me quiera menos, o eso creo.

 

 

El decreto 1×1 de Luis Herrera Campíns o la Ley del Talión Musical.

 

Mi vida musical era muy fácil hasta que, desde “la autoridad”, quisieron obligarme a oír cosas a juro. Salió un fulano decreto que obligaba a las emisoras de radio a rotar una canción extranjera con una venezolana. Me presentaron voces nuevas, pero, aunque repitieran a Colina cada 10 minutos, nunca me gustó. Que quisiéramos a Melissa no tenía nada de original: era el mismo glam rock ochentoso en venezolano. A Frank Quintero lo oíamos antes y Yordano, underground, era mejor sus las versiones glamorizadas.

 

Estábamos forzados a oír esa música, pero no a disfrutarla: Pueden obligarte a hacer algo, pero no pueden obligarte a que te guste. Esa filosofía, bastante simple, ha guiado mis gustos y nunca me ha fallado.

 

Entiendo que quisieran apoyar a los desamparados artistas nacionales. Sin embargo, no importa cuánta palanca hayan tenido, si eran malos, ni aunque me forzaran los soportaba y terminaba apagando la radio o poniéndome los audífonos de mi modernísimo walkman.

 

 

Todo el mundo tiene derecho a ser oído, y leído (pero diga algo).

 

El resumen autobiográfico se debe a un “desencuentro” que se presenta en una red social que está de moda ahorita, pero que estoy segura de que no se limita a ésta: Twitter. Y la reciprocidad, un nuevo “Follow 1×1” , donde si te sigo deberías seguirme de vuelta.

 

Cuando empecé a participar en Twitter sentí cierto miedo escénico. No es cualquier cosa gritar lo que piensas o lo que te gusta sin saber quién te va a leer. Poco a poco y con bastante ayuda fui entendiendo, más o menos, de qué iba la cosa. Descubrí que había personas con gustos similares y creí que el objetivo de Twitter era ése: compartir intereses, en forma de pensamientos, enlaces, música, etc.

 

 

No te sigo para que me sigas.

 

Al igual que mi papá y mi mamá, existe gente a la que amo con la que no comparto el menor interés. ¿Para qué van a calarse mis enlaces de diseño y fotografía siguiéndome en Twitter?. Mis amigos de otros países, y hasta en Venezuela, no dejan de ser mis amigos sin no quieren aguantar mi quejadera contra Chávez y su gobierno en Twitter.

 

He tenido la suerte de conocer personas maravillosas en Twitter, pero creo que esa red no es para hacer amigos sino para compartir lo que nos gusta, y lo que le gusta a cada uno tiene “subconjuntos” que nos hacen más o menos compatibles allí.

 

Entiendo que la iniciativa del Follow 1×1, que además viene de alguien a quien aprecio realmente, es la de animar a la gente en esta red social. En palabras de su creador es “una forma de romper el hielo”. El riesgo de esos follows backs “obligados” es que se pierda lo que, creo yo, es la esencia, intereses comunes.

 

Me agrada que me presenten nuevas opciones, y eso es lo que me gusta de que expongan personas nuevas. Pero no me gusta que, como castigo por mi follow estén obligados a leerme de vuelta.

 

Para que alguien siga mis “updates” debe saber lo que me gusta, que soy mamá, que no leo (extremas) vulgaridades, que amo el cine, las series, los libros y el yoga, el diseño y la publicidad. Si lo que te interesa es la mecánica qué vas a lograr leyéndome?

 

Al igual que nunca me gustó la isa canaria, hay personas que por más que las obliguen nunca disfrutarán lo que escribo. ¿Por qué convertir lo que debería ser una red social en una tortura para ellos?

 

Puede que sepan de mí por una recomendación o un RT. Pero léanme porque les intereso, no para tener una barajita más en el álbum de Twitter

 

 

Porque, y volviendo al gobierno de Luis Herrera “nadie es monedita de oro para que todo el mundo lo quiera”


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La verdad (no) sea dicha.

 

 

¿Una media verdad o una media mentira?

 

“En Venezuela donde hay tantas cosas para sentirse mal no tiene sentido destruir una historia que nos hace sentir bien”. Esa frase, del escritor Francisco Suniaga en “Popule Meus”me hizo pensar en la relación que tenemos los venezolanos con la verdad. Autodefinirnos como “demasiado sinceros” es una de nuestras maneras de disfrazar la realidad: decimos cualquier barbaridad, cierta, para amortiguar nuestras verdades a medias.

 

Cuando dejé de vivir en Venezuela empecé a comparar los distintos tipos de verdades según los países y las nacionalidades. Mis compatriotas nunca dirían que no, de una vez, a una invitación “retórica”. Aquí, si se te ocurre soltar algo como “a ver si este fin de semana nos vemos”, responden inmediatamente, como cuando uno le da play al ipod: “estesábadonopuedoporquelas prácticasdesoccersonde9a12yluegoalmuerzanydesdehaceunmesteníanprogramadaunavisitaalmuseo” (en inglés, claro).

 

Por no creo que vivamos engañados, sino que vemos las cosas cómo nos gustan y tratando de que nuestra revelación de la “otra verdad” no cobre víctimas innecesarias:

 

Si compruebas que sí hay cervezas como la Polar, cómo vas a salir a decírselo a tus primos? Para qué? Y si resulta que sí hay café tan bueno como el venezolano? Se lo vas a decir al señor de la panadería? A estas alturas eso ya no es cierto: no vengas tú a decirle que tiene 60 años vendiendo algo menos que “lo mejor”.

 

No es que creamos mentiras, es que las convertimos en nuestras verdades. Con ellas nos defendemos de las acusaciones y miedos con las que el país nos amenaza a diario. Son nuestro “lado bueno”, que usamos como escudo ante el rostro malvado de la delincuencia y corrupción que pelea por el protagonismo.

 

Menos mal que el nombre de Miranda sí aparece en el Arco del Triunfo de verdad así nos creen el resto.


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Lo que aprendí al repetir Kínder.

 

 

1.- No importa qué tan alto seas, igual terminarás sentado en el piso, mirando hacia arriba.

 

2.- Las palabras mágicas sí existen, y funcionan. “Please” sí abre puertas. “Time out” es un hechizo paralizante. “Make good choices” logra que las manos desaparezcan y que las bocas se cierren automáticamente.

 

3.-Nunca es demasiado temprano para que tengan fe en ti: aunque todavía no sepas qué significa esa palabra.

 

4.- La real competencia no es entre los niños sino entre sus mamás: ellos son igualmente inteligentes, las madres no.

 

5.-Los niños son como los espejos de los circos: reflejan la realidad de sus hogares, sólo que ligeramente alterada.

 

6.-Definitivamente, son “mini gente”, pero sobre todo, “mini”. Así como se ve extraño una niñita usando tacones altos y maquillaje, resulta espantoso un niño de 5 años repitiendo diálogos de “Precious”.

 

7.-No importa lo buena madre que creas ser, tu hijo siempre encontrará algo que te hará sentirte peor que las demás. Y no será su culpa, sino tuya.

 

8.- Kindergarten parece mucho más difícil después de que has terminado la universidad. Mentira, no parece más difícil, lo es.

 

9.- Los niños siempre pueden hacer más cosas que tú porque te llevan años de ventaja en el desconocimiento de lo que es imposible.

 

 

Todo eso me lo enseñó mi hijo durante su primer año en la escuela. Lo que me espera.


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¿Inmoral yo?

Leía en un foro, donde discutíamos la situación de Venezuela, que había llegado el momento en el que hablar de fiestas, playa o whisky resultaba inmoral. Pensaba, ¿qué puede tener de inmoral que la gente quiera disfrutar un poco con el dinero que duramente se ha ganado, o que piense en ahogar sus pesares (que ahora son más) en alcohol mayor de edad?
Llegué a la conclusión de que hacer eso, cuando queremos hacer creer al mundo que lo que se vive en Venezuela es una dictadura no es inmoral. Es simplemente estúpido: Me imagino la cara de los críticos a nivel internacional, señores serios a los que puede llegarles el informe de HRW y capaces de darle hasta algo de credibilidad, diciendo “¿Cómo esa chica, que se queja de la férrea garra opresora del chavismo, utiliza ese mismo medio para hacer cuenta regresiva de las horas que faltan para Carnavales?”.
¿Será que somos tontos, frívolos o incoherentes?
Por supuesto que, antes de opinar, me preparé para las respuestas -ataques- de los residentes en Venezuela: “Vente para acá a ver si dices lo mismo” “muy bueno ser mánager de tribuna”. Sí, como si los que están allá hicieran alguna diferencia en cuanto a su dureza en el teclado

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"No debato con nadie que no esté de acuerdo conmigo"

Hace unas semanas, en la red social Twitter, el conocidísimo músico Willie Colón decidió emitir una opinión no muy favorable al presidente venezolano, Hugo Chávez, en apoyo a los que condenaban el nuevo cierre de otro canal de televisión opuesto a las “verdades” gubernamentales.

Nadie refutó lo que dijo Willie Colón con datos que dijeran lo contrario a lo que él afirmaba de Chávez. Cuando criticó el cierre de medios de comunicación, o lo que hacía a los venezolanos, en lugar de defenderlo con cifras que dijeran que los medios eran libres, que no existía delincuencia o que todos eran más prósperos desde que él está en el poder, los defensores de Chávez se dedicaron a “googlear” cuando cuento oscuro existía del maestro, como si nombrar una noche de parranda de Willie Colón tuviera la capacidad de reducir la cifra semanal de muertos en Caracas; o un desacuerdo con “La Voz” fuera capaz de hacerlos olvidar, por lo menos en Twitter que se nos acaban los espacios de discusión, porque somos incapaces de ir más allá de los insultos. No sabemos debatir.

Ante una posición con la que no estamos de acuerdo, insultamos al que la expresa. No intentamos, ni siquiera, argumentar nuestro desacuerdo: el que no sea “de los nuestros” lo convierte en un enemigo al que ni siquiera creemos capaz de entender nuestro idioma. Por eso procedemos a emplear con ellos nuestro vocabulario más básico, acompañado, por supuesto, de menciones a su genealogía que lo hacen, en nuestra opinión, habitantes de otra dimensión (desconocidísima para nosotros, por supuesto).

Un debate no debería ser un concurso de insultos. Debería dar la oportunidad a los que lo presenciamos de conocer diferentes puntos de vista y, hasta, quién sabe, ser capaz de hacernos cambiar de opinión.

Eso es lo que pienso. ¿Alguien quiere debatir mi punto de vista?

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